La noche amortajó el espacio. No siempre puede llegarse a un cuerpo persiguiendo una sombra, te topas con el muro de formas inauditas
como una mesa
como un espejo
como tu propio cuerpo.
Sigues palpando. No es agnosia. Estás desesperado.
Hueles a ceniza. La postsustancia residual de la existencia. Emmanuel reducto de la nada.
Es hora de desaparecer por las grutas que formaron tus uñas. Te preguntarás dónde estas indefinidamente, en la línea del tiempo, aunque te ubicaras plenamente en un plano cartesiano en las tres direcciones que proyecta el punto que es la materia de la que estás hecho, aún así no sabrías qué es esa cosa que sientes como tú, por qué estás parado y confundido observando inamovible el abismo ininteligible que entra por tus ojos. En duda perpetua, ¿a dónde vas?
Point spread function, le llaman los físicos de óptica a la función que puede traer de vuelta el objeto real cuando una imagen es borrosa. Point spread function. No sabes despejar la incógnita. ¿Cuál incógnita? La del miedo, seguro.
No sabes de dónde partiste, construiste el laberinto que se hizo tu hábito.
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13 de enero de 2012
6 de enero de 2012
Discurso de las armas y las letras
Bienvenidos sean a esta importante ceremonia de uno de los premios más importantes de las letras a nivel mundial... Invitamos a nuestro laureado poeta y narrador a ocupar este su lugar, como es costumbre, a decirnos unas palabras. Por favor, Jaime Alcalá.
Gracias, gracias. No tengo mucho qué decir que no digan mis escritos, es verdad que la comunión que existe entre mis manos y el papel en cambio es una carencia entre mi boca y los auditorios, quizá la vastedad del volumen inmovilice mis cuerdas bucales. Pero estoy acostumbrado, comencé a escribir porque es corriente en mi país que la palabra hablada se ahogue en el vacío, si no es el puño o la bala la que nos callen. En cambio uno puede escribir y esconder la mano, incluso desde otro país, aunque para hablar de la realidad hay qué estar cerca de ella. Y hablando de esto, quisiera hacer una importante aclaración. Se acusa aquí en este auditorio que Jaime Alcalá es un escritor surrealista, de ficción, de terror. No soy surrealista señores y señoras, soy mexicano. Lo mismo aplica para las etiquetas de ficción y terror. Soy mexicano, repito, y cronista. Sucede que ustedes no creen la verdad. No nos alarmamos. Afirmo que podríamos escribir 1984 transcribiendo titulares de los principales periódicos desde hace 3 años. México es la suma de todas las miserias individuales de cien millones de personas que no tienen voz y su opinión debe ser asumida por otros. Esos otros se dividen en dos bandos: aquellos que pregonan su fortuna de haber nacido en las coordenadas que los sitúan en su nación y llenos de oronda satisfacción cantan escriben se tatúan su falso y oficial orgullo patriótico y dicen que como México no hay dos y todos sabemos que como ningún puto país hay dos, pobres imbéciles; por otro lado estamos una bandada de muertos de hambre que, por decir lo menos, llenamos de mierda los símbolos patrios. Quiero hacer un paréntesis aquí: recibo este premio con vergüenza, me viene valiendo madres su oficial reconocimiento, pero tengo hambre y familia y, parafraseando a Gabriel García Márquez, no quiero hacer fila en las tortillas. Punto.
No es el típico "estamos hasta la madre". No, ya no luchamos solo por odio, luchamos por inercia, lloramos, gemimos. Representamos los modernos Jeremías, nos preguntamos qué dios, qué desastre natural incontenible pasó por aquí, por qué, para qué, qué hicimos sino más que quedarnos pasmados ante el abuso sin poder articular una queja, quizá por confort algunos, otros por falta de aliento. Confiamos estúpidamente en que teníamos representantes entre nosotros mismos. Les dimos poder y se nos olvidó que se los dimos. Izaron la bandera de la riqueza personal, del interés propio, de los conglomerados políticos, de la oligarquía y las corporaciones. Fuimos testigos de cómo despegaron de la tierra y se volvieron inalcanzables. Yo les grito desde aquí y hago de mis libros avioncitos (a ver si así leen), pero mi discurso sumamente racionalizado solo significa una cosa, y con estas palabras me despido (incluyendo del señor presidente que hizo el favor de traer su fina persona para engalanarse con mi logro), repito, solo significa una cosa: chinguen a toda su madre.
Gracias.
Gracias, gracias. No tengo mucho qué decir que no digan mis escritos, es verdad que la comunión que existe entre mis manos y el papel en cambio es una carencia entre mi boca y los auditorios, quizá la vastedad del volumen inmovilice mis cuerdas bucales. Pero estoy acostumbrado, comencé a escribir porque es corriente en mi país que la palabra hablada se ahogue en el vacío, si no es el puño o la bala la que nos callen. En cambio uno puede escribir y esconder la mano, incluso desde otro país, aunque para hablar de la realidad hay qué estar cerca de ella. Y hablando de esto, quisiera hacer una importante aclaración. Se acusa aquí en este auditorio que Jaime Alcalá es un escritor surrealista, de ficción, de terror. No soy surrealista señores y señoras, soy mexicano. Lo mismo aplica para las etiquetas de ficción y terror. Soy mexicano, repito, y cronista. Sucede que ustedes no creen la verdad. No nos alarmamos. Afirmo que podríamos escribir 1984 transcribiendo titulares de los principales periódicos desde hace 3 años. México es la suma de todas las miserias individuales de cien millones de personas que no tienen voz y su opinión debe ser asumida por otros. Esos otros se dividen en dos bandos: aquellos que pregonan su fortuna de haber nacido en las coordenadas que los sitúan en su nación y llenos de oronda satisfacción cantan escriben se tatúan su falso y oficial orgullo patriótico y dicen que como México no hay dos y todos sabemos que como ningún puto país hay dos, pobres imbéciles; por otro lado estamos una bandada de muertos de hambre que, por decir lo menos, llenamos de mierda los símbolos patrios. Quiero hacer un paréntesis aquí: recibo este premio con vergüenza, me viene valiendo madres su oficial reconocimiento, pero tengo hambre y familia y, parafraseando a Gabriel García Márquez, no quiero hacer fila en las tortillas. Punto.
No es el típico "estamos hasta la madre". No, ya no luchamos solo por odio, luchamos por inercia, lloramos, gemimos. Representamos los modernos Jeremías, nos preguntamos qué dios, qué desastre natural incontenible pasó por aquí, por qué, para qué, qué hicimos sino más que quedarnos pasmados ante el abuso sin poder articular una queja, quizá por confort algunos, otros por falta de aliento. Confiamos estúpidamente en que teníamos representantes entre nosotros mismos. Les dimos poder y se nos olvidó que se los dimos. Izaron la bandera de la riqueza personal, del interés propio, de los conglomerados políticos, de la oligarquía y las corporaciones. Fuimos testigos de cómo despegaron de la tierra y se volvieron inalcanzables. Yo les grito desde aquí y hago de mis libros avioncitos (a ver si así leen), pero mi discurso sumamente racionalizado solo significa una cosa, y con estas palabras me despido (incluyendo del señor presidente que hizo el favor de traer su fina persona para engalanarse con mi logro), repito, solo significa una cosa: chinguen a toda su madre.
Gracias.
13 de agosto de 2011
Cómplice
Sonrió, incluso después de pensar en el puntilleo culpable de sus zapatos, su caminar vergonzoso atravesando la puerta, cerrarla tímidamente. Sonrió, incluso después de oír cómo caía su saco de señor nocturno, su saco con olor que no era el de ella, su pantalón tocado por otras manos, su camisa de huellas labiales y torrentes de caricias.
Sonrió, incluso después de pensar en su pene enrojecido de uso, de las manchas vaginales de su pene, del moco cervical en sus testículos y sus calzones. Sonrió, después de oírlo bañarse, lavarse la piel adherida de otras pieles, quitarse la de la superficie de su cuerpo el pecado.
Sonrió, después de haberse desnudado a punto de las 9 pm, después de haberse lavado con aceites perfumados, después de haberse vestido para la ocasión: la larga prórroga del deseo, la expectación de las caricias; y haber esperado, con los labios pintados, con las copas de tinto evaporándose, con la luz de las velas en su último desliz sobre los muebles...
Sonrió, después de todo, cuando él la abrazó, le besó dulcemente la frente, y ella supo, a ciencia cierta, que era la única, que era cierto que había demorado en la oficina, que lloraba amargamente por no haber atendido a su sorpresa, después de ver las velas, después de ver el tinto. Y la envolvió en la magia del amor cómplice, del amante que es esposo, y fue mejor que un multiorgasmo, fue más amoroso que hacer el amor. Y sonrió, y durmió hasta el día siguiente.
j/e
Sonrió, incluso después de pensar en su pene enrojecido de uso, de las manchas vaginales de su pene, del moco cervical en sus testículos y sus calzones. Sonrió, después de oírlo bañarse, lavarse la piel adherida de otras pieles, quitarse la de la superficie de su cuerpo el pecado.
Sonrió, después de haberse desnudado a punto de las 9 pm, después de haberse lavado con aceites perfumados, después de haberse vestido para la ocasión: la larga prórroga del deseo, la expectación de las caricias; y haber esperado, con los labios pintados, con las copas de tinto evaporándose, con la luz de las velas en su último desliz sobre los muebles...
Sonrió, después de todo, cuando él la abrazó, le besó dulcemente la frente, y ella supo, a ciencia cierta, que era la única, que era cierto que había demorado en la oficina, que lloraba amargamente por no haber atendido a su sorpresa, después de ver las velas, después de ver el tinto. Y la envolvió en la magia del amor cómplice, del amante que es esposo, y fue mejor que un multiorgasmo, fue más amoroso que hacer el amor. Y sonrió, y durmió hasta el día siguiente.
j/e
10 de agosto de 2011
Un tema escatológico
El trabajo de ese sujeto es cagar. Como suena: tirar mierda, desalojar el tanque, tirar el topo, sacar la lengua del chimuelo. Algunas veces bajándole al desagüe. Otras, cuando la caca sale en cantidades insignificantes, la deja acumular, a despecho de los olores que la mierda acumulada junto a bacterias y hongos aerobios y anaerobios pueden producir. Si el espacio es minúsculo, el olor de la caca es insoportable.
Leves a veces, abrumadores y terroríficos casi siempre, los cilindros marrones abandonan su colon, su culo, donde la espalda termina en remolino, el ojo del huracán. Vivir de la mierda. Tragar gracias a la mierda. Y la cajeta, la cagada, la melcocha: fuente inagotable, fluido sempiterno. Mientras uno viva, uno come; uno come, uno caga. El pan tostado de los deshechos orgánicos. La sopa del bolo.
Los pedos que abrieron camino en lugares atestados. El intestino es la herramienta corporal más útil cuando hay una larga fila en la tortillería.
Este escrito no continuará. Ya me harté de hablar de mierda.
j/e
Leves a veces, abrumadores y terroríficos casi siempre, los cilindros marrones abandonan su colon, su culo, donde la espalda termina en remolino, el ojo del huracán. Vivir de la mierda. Tragar gracias a la mierda. Y la cajeta, la cagada, la melcocha: fuente inagotable, fluido sempiterno. Mientras uno viva, uno come; uno come, uno caga. El pan tostado de los deshechos orgánicos. La sopa del bolo.
Los pedos que abrieron camino en lugares atestados. El intestino es la herramienta corporal más útil cuando hay una larga fila en la tortillería.
Este escrito no continuará. Ya me harté de hablar de mierda.
j/e
20 de julio de 2011
Tokio Blues
Kizuki se mató. El humo desplazó el aliento de vida en sus pulmones, cerró los ojos, recordó cuántas cosas había dejado y esto no importaba.
A nadie le hizo falta, su ausencia se tragó todo, nadie recordó su vida, los recuerdos evadían su presencia, su cuerpo, todos notaron la nada que dejó a su paso. Quizá fue al recordar cuántas cosas había dejado, en ese instante, todo murió en ese coche.
j/e
A nadie le hizo falta, su ausencia se tragó todo, nadie recordó su vida, los recuerdos evadían su presencia, su cuerpo, todos notaron la nada que dejó a su paso. Quizá fue al recordar cuántas cosas había dejado, en ese instante, todo murió en ese coche.
j/e
17 de julio de 2011
Jaime y Mercedes
- ¡Ah, Mercedes, cuánto tiempo! - me dijo.
- ¡Pero cuál tiempo, sigues viéndote el mismo!
- No, no Mercedes, no soy el mismo, no soy ni siquiera lo mismo, Mercedes, estoy mutilado.
Hablaba de una forma diferente al adolescente-adulto que recordaba, no por las palabras, quizá ni siquiera fueran esas sus palabras exactas, puede ser una interpretación que le di al conjunto unido de su rostro, su tono, su ánimo. Al verlo, al instante, tuve la sensación de estarme reintegrando con mi sombra, o quizá con mi cuerpo, depende de dónde se le mire. Después, cuando habló, me sentí más lejos de mi juventud y de él, de él: mi juventud.
Invisible de pronto, la costumbre malsana del recuerdo nos aleja de la realidad, porque nos olvidamos de que la realidad no es estática. A veces se manifiesta en unos kilos de más, un edificio remodelado, un padre muerto, la sensación de que el mundo encoge. Pero con Jaime se manifestó de otro modo, más sutil quizá, desgarrador como solo las sutilezas pueden ser, acumulándose tal vez con el pasar del tiempo hasta traerme como traen los tsunamis, hoy, de las profundidades, a un Jaime desteñido, triste como un sabio anciano lo es.
Quedamos de vernos en un parque de eucaliptos. El verano los hace silvar a tal grado que apenas escuchaba su voz. Me estaba contando de su último trabajo, de su hija de 5 años a la que tiene tres meses sin ver. De pronto, me dijo:
- Mercedes, ¿te duele algo?
- No, ¿qué pregunta es esa?
- Quiero decir... un dolor que no cese, algo que desde que inició sabes que te duraría siempre, y pues, supongo, esos dolores comienzan cuando uno es joven.
- Pues... no, no realmente, ¿por qué lo preguntas?
- Por que a mí sí me duele algo. Mercedes, ¿en todo el tiempo, desde que te fuiste, te acordabas de mí?
- Claro. Siempre, te recordaba mucho.
- Esa es una respuesta vaga. Estoy seguro de que me recordabas, primero mucho, quizá, después menos. Estoy seguro que en tus recuerdos siempre permanecí siendo el mismo, el que era cuando estabas aquí.
- Sí, bueno, Jaime, ¿de qué otra manera podría haberte recordad?
- No lo sé. Cuando pensaba en ti pensaba en las infinitas posibilidades de tu vida. En algún punto restringido cobrabas forma, veía qué había cambiado, qué seguía intacto. Mercedes -continuó adquiriendo un tono espectral, sombrío -, ¿cómo me recordarías si no volvieras a verme? ¿Viviría en tu memoria?
- Jaime, te recordaría, si estuviera a punto de olvidarte vendría a ver cómo eres.
- Pero, ¿viviría en tu memoria, Mercedes? Vivir, como... como te dije, ser recordado de múltiples maneras, las más probables, que me definas en tu memoria a través del tiempo.
- ¿Como si te viera todos los días?
- Sí, así, pero que tu punto de partida sea lo que conozcas de mí, que le des cuerpo a mi vida.
- Pues... es posible, ¿por qué me pides eso?
- No, nada más.
Sí, hablaba de una forma extraña. Yo creí que solo estaba, como siempre, pensando distraídamente sobre algo que le parecía interesante. No era así.
A los dos meses llegó un paquete por correo a mi casa. En este tiempo es inusual el uso del correo, el el paquete había un libro, que supongo adjuntó solo para enviarme lo segundo, una carta breve, más bien una nota. Hacía referencia a nuestra última plática. Decía:
"Si te enteras, no vengas. No quiero que me recuerdes como un muerto. Recuerda, debo vivir, esta es la única manera"
No entendí por qué era la única manera. ¿Su dolor insuperable, crónico? Quizá no aprendió a vivir con dolor. Pero... ¿quién sí?
j/e
5 de agosto de 2009
El Pynchon que comparto
El caos. Atendamos al desarrollo del acto narrativo: inicio, desarrollo, conclusión. De pi a pa hay ilación, el discuro es consecuente, tanto en su tema como en el sentido durativo (el tiempo del discurso comparado al tiempo de la historia). A pesar de que pueda haber malabarismos estructurales (como puesta en abismo, anacronías...), se puede relacionar directamente unos eventos con otros, atendiendo al tiempo de la historia más que al discursivo, y al tema. (No me meto con las novelas atemporales, como Ulises o La señora Dalloway, que suspenden el sentido durativo del discurso).
¿Por qué comienzo con la palabra caos? En termodinámica, la entropía es una función de estado cuyas propiedades no radican en la trayectoria de un proceso, sino en sus estados inicial y final. La entropía mide la espontaniedad de un proceso, esto es, si es posible que ocurra de forma espontánea. Para que un proceso sea espontáneo, la entropía final debe ser mayor que la inicial, porque el universo tiende a maximizar la entropía, es decir, a distribuir de la forma más aleatoria posible un sistema. Cuando un proceso no es posible de forma natural necesita una energía de activación (p.ej., cuando un sistema está en equilibrio necesitamos modificar alguna de sus variables para que ocurra un cambio) para hacerlo posible.
Regresemos al acto narrativo. Comenzamos esbozando una historia mediante nuestro discurso. La línea general que seguimos al narrar, el argumento, deviene una concatenación de sucesos que desembocan en la conclusión del discurso: del tiempo y del tema. Es decir, fue un proceso espontáneo, natural, si hacemos uso del concepto entropía. Pero, ¿qué tal si en vez de concatenar en base a una línea argumental anudamos los hechos, las palabras y el tiempo de manera que nada sea coherente? ¿Estaremos haciendo literatura? El problema no es hablar de barbaridades extratemporales, sino en cómo desarrollarlas y anudarlas: darles "su energía de activación".
Sería una terea interesante, que Thomas Pynchon ha sustentado en distintos libros, especialmente Arco Iris de gravedad.
j/e alcalá
¿Por qué comienzo con la palabra caos? En termodinámica, la entropía es una función de estado cuyas propiedades no radican en la trayectoria de un proceso, sino en sus estados inicial y final. La entropía mide la espontaniedad de un proceso, esto es, si es posible que ocurra de forma espontánea. Para que un proceso sea espontáneo, la entropía final debe ser mayor que la inicial, porque el universo tiende a maximizar la entropía, es decir, a distribuir de la forma más aleatoria posible un sistema. Cuando un proceso no es posible de forma natural necesita una energía de activación (p.ej., cuando un sistema está en equilibrio necesitamos modificar alguna de sus variables para que ocurra un cambio) para hacerlo posible.
Regresemos al acto narrativo. Comenzamos esbozando una historia mediante nuestro discurso. La línea general que seguimos al narrar, el argumento, deviene una concatenación de sucesos que desembocan en la conclusión del discurso: del tiempo y del tema. Es decir, fue un proceso espontáneo, natural, si hacemos uso del concepto entropía. Pero, ¿qué tal si en vez de concatenar en base a una línea argumental anudamos los hechos, las palabras y el tiempo de manera que nada sea coherente? ¿Estaremos haciendo literatura? El problema no es hablar de barbaridades extratemporales, sino en cómo desarrollarlas y anudarlas: darles "su energía de activación".
Sería una terea interesante, que Thomas Pynchon ha sustentado en distintos libros, especialmente Arco Iris de gravedad.
j/e alcalá
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